

Esta semana, muchas personas en España se han despertado con una sensación difícil de nombrar.
Quizás notes que te cuesta concentrarte en el trabajo. Que revisas las noticias compulsivamente, aunque ya sepas lo que dicen. Que abrazas a tus hijos un poco más fuerte al despedirte. Que has pensado tres veces en cancelar ese viaje en tren que tienes pendiente, aunque sea dentro de dos meses.
Si te reconoces en alguna de estas reacciones, necesito que sepas algo importante: tu cerebro está funcionando exactamente como debe.
Después de lo ocurrido en Córdoba, he recibido decenas de mensajes de personas preguntándome lo mismo: "¿Por qué me siento así si ni siquiera conozco a nadie afectado?"
La respuesta es más sencilla de lo que parece: nuestro sistema nervioso no distingue entre amenazas directas e indirectas cuando se trata de supervivencia. No es debilidad. No es exageración. Es biología pura.
Cuando nos enteramos de una tragedia que podría habernos pasado a nosotros o a alguien que queremos, nuestro cerebro hace algo fascinante y agotador a la vez: entra en modo "evaluación de amenaza". Empieza a hacer cálculos sin que se lo pidamos:
¿Cuántas veces he cogido ese tren?
¿Y mi hermana, que va a Madrid cada semana?
¿Y si hubiera sido ese día y no este?
Este bucle mental tiene un nombre técnico: rumiación anticipatoria. Y aunque es agotador, tiene una función evolutiva clara: nuestro cerebro intenta protegernos identificando patrones de peligro.
El problema es que en el proceso, nos deja exhaustos.
En los últimos días, muchas personas están experimentando reacciones que no saben nombrar. Permíteme ayudarte a ponerles nombre:
Esa sensación de estar "en guardia", más alerta de lo normal, como si algo pudiera pasar en cualquier momento. No es paranoia. Es tu sistema nervioso procesando una amenaza colectiva y manteniéndote preparado.
Imágenes del accidente que aparecen en tu mente sin haberlas buscado, especialmente cuando no estás concentrado. Es la forma —incómoda, sí— que tiene tu cerebro de procesar información traumática.
Abres las noticias cada media hora aunque sepas que no habrá actualizaciones. Es un intento desesperado de tu cerebro por recuperar sensación de control en una situación donde no lo hay.
De repente, actividades cotidianas como coger el tren o que un familiar viaje te generan un miedo que no tenías hace una semana. Tu cerebro está recalibrando su percepción de riesgo basándose en nueva información.
Te sientes agotado sin haber hecho nada físicamente demandante. Procesamos trauma colectivo consume una cantidad brutal de energía mental, aunque no nos movamos del sofá.
Y aquí viene lo importante: nada de esto significa que tengas un problema. Significa que tu mente está haciendo exactamente lo que está diseñado para hacer ante una amenaza percibida.
En consulta, una de las frases que más escucho tras eventos como este es: "No paro de pensar en que podría haberme pasado a mí".
Esta rumiación no es un fallo del sistema. Es la forma que tiene nuestro cerebro de intentar procesar la información y buscar control donde no existe.
Pero hay una paradoja cruel: cuanto más intentamos "resolver" ese "y si" en nuestra mente, más ansiedad generamos. Porque la respuesta siempre es la misma, y siempre es incómoda: no podemos controlar todo lo que nos rodea.
Reconocer esa verdad —sin intentar cambiarla— es el primer paso para dejar de luchar contra ella.
No se trata de "superar" esto rápidamente. Se trata de atravesarlo de la forma más saludable posible. Desde mi experiencia acompañando a personas y organizaciones durante crisis colectivas, estas son las estrategias que realmente funcionan:
Estar informado es legítimo. Consumir cada actualización en bucle no lo es, porque la sobreexposición a contenido traumático retraumatiza.
En lugar de: revisar noticias cada 30 minutos
Prueba: un momento al día de 15 minutos y fuera de eso, silencia notificaciones.
No es evasión. Es protección.
Hay un poder enorme en poner palabras a las sensaciones. Cuando notes la inquietud aparecer, prueba a decirte (en voz alta o mentalmente):
"Siento inquietud porque mi cerebro está procesando una amenaza. Es normal sentir lo que estoy sintiendo"
Poner palabras a las emociones activa zonas de tu corteza prefrontal que ayudan a regularlas. No es magia. Es neuropsicología.
El trauma colectivo no solo vive en la mente. Se somatiza. Puedes notar tensión muscular, dolor de cabeza, malestar gastrointestinal, o una fatiga que no se va con dormir.
Herramientas que funcionan ahora mismo:
No son "técnicas de autoayuda". Son formas de ayudar a tu sistema nervioso a volver a un estado de regulación.
Cuando el mundo se siente caótico, las rutinas nos anclan. Comer a horas similares, mantener una hora de sueño regular, moverte un poco cada día.
No es trivial: las rutinas envían señales de "estamos a salvo" a tu cerebro, permitiéndole bajar la guardia aunque sea un poco.
Si necesitas llorar, llora.
Si necesitas no pensar en ello un rato, está bien.
Si necesitas hablar de ello, habla.
No hay una forma "correcta" de procesar esto. La única forma incorrecta es juzgarte por sentir lo que sientes.
Un simple "¿Cómo estás llevando lo de Córdoba?" puede abrir conversaciones que todos necesitamos tener pero nadie se atreve a iniciar.
Si trabajas con un equipo, reconoce abiertamente que esta semana es dura: "Es normal si hoy nos cuesta concentrarnos". Esa validación colectiva reduce el estrés percibido de forma significativa.
La mayoría procesaremos este evento de forma natural en las próximas semanas. Pero considera hablar con un profesional de salud mental si en las próximas 2-3 semanas notas que:
No porque lo estés haciendo mal. Si no porque a veces necesitamos ayuda para procesar lo que es demasiado grande para sostener solos.
En los próximos días, vas a ver mucho contenido sobre la tragedia. Análisis, opiniones, culpables señalados. Es normal que tu cerebro quiera respuestas, que busque un "porqué" que le devuelva la sensación de orden.
Pero también es completamente válido que necesites parar. Que apagues el móvil. Que mires a tu familia y sientas gratitud de que estén bien, aunque esa gratitud venga acompañada de culpa por sentirla cuando otros están sufriendo.
Todo eso —la ansiedad, el alivio, la tristeza, la rabia, la necesidad de normalidad— puede convivir. Y convive en la mayoría de nosotros esta semana.
Cuídate. Cuida a los tuyos.
Y recuerda que sentirte raro no significa que estés roto.
Significa que eres humano.
Marta Martín
Psicóloga Clínica · Responsable de Salud Mental en Alan
Actualizado el 21/01/2026
Publicado en 20/01/2026
Autor

Marta Martín
Psicóloga Clínica · Responsable de Salud Mental en Alan
Actualizado el
21 enero 2026
